A sus 4 años, la cabeza de Laura es un nido de pájaros que están aprendiendo a volar. Su madre, María, quiere que vuelen libres, sin estar a merced de los vientos y los convencionalismos sociales. Así que para Navidades, en vez de la típica muñeca, decide regalarle un tractor. Unos días después, María entra en la habitación de Laura y se encuentra con una escena sorprendente: su hija meciendo al vehículo, envuelto en una suave manta de lana, y susurrando con voz queda: "no te preocupes, tractorcito. Todo irá bien."
Ante escenas así- adaptación novelada de una anécdota narrada por Louann Brizendine (2006) - es fácil pensar que la cabeza de niños y niñas, de hombres y mujeres, es bien distinta. Pero, ¿hasta qué punto es cierto? En la prensa aparecen de cuando en cuando estudios científicos con resultados contradictorios que confirman o refutan la idea. ¿A quién creer?
El verdadero tamaño de las diferencias
Esta confusión se debe a que la prensa va a la caza del aspecto más interesante y obvia con frecuencia detalles que matizan los resultados de los estudios por pura cosmética de la información.
Lo cierto es que cada cerebro tiene una configuración única, independientemente del sexo. Claro que existe una arquitectura básica común, pero las configuraciones internas llegan a ser muy distintas. Por esta razón, más que preguntar si los cerebros de hombres y mujeres son diferentes-todos los cerebros lo son-, habría que preguntar en qué medida lo son.
Lo cierto es que cada cerebro tiene una configuración única, independientemente del sexo. Claro que existe una arquitectura básica común, pero las configuraciones internas llegan a ser muy distintas. Por esta razón, más que preguntar si los cerebros de hombres y mujeres son diferentes-todos los cerebros lo son-, habría que preguntar en qué medida lo son.
Fijémonos en un dato como la conectividad estructural (Tunç et al.,2016) , el grado de conexión entre áreas del cerebro. La diferencia entre hombres y mujeres es mínima. Adivinar el sexo a partir de este simple dato sería prácticamente como lanzar una moneda al aire.
En cambio si nos referimos a un aspecto físico como la altura, en la distribución de hombres se solapa mucho menos con la de mujeres. Hay mujeres más altas que hombres, aunque en el grupo de sujetos más bajos hay sólo mujeres y en el de los más altos sólo hombres. Con el dato de altura en mano, al menos podríamos distinguir con precisión entre sexos en los extremos de la distribución.
Diferencia de altura entre sexos. Data from Sperrin et al., 2015. Donna Maney |
Diferencias de conectividad y químicas
Existen al menos dos áreas donde se pueden buscar y estudiar posibles diferencias: a nivel de conectividad y a nivel químico.
Respecto al primer nivel, además del grado de conectividad mencionado anteriormente, un estudio (Inghalalikar et al., 2014) de mayor profundidad apreció una pequeña pero llamativa distinción en la tejido cerebral de ambos sexos. Los hombres tendían a desarrollar un mayor grado de conexiones dentro de cada hemisferio cerebral, mientras que entre las mujeres se detectaba una mayor conectividad entre hemisferios.
En el aspecto químico, también se encuentran importantes diferencias. Es verdad que hombres y mujeres cuentan prácticamente con los mismos tipos de neurotransmisores y hormonas- sí, las mujeres también tienen testosterona y los hombres estrógeno-. Sin embargo, hombres y mujeres presentan niveles dispares de estos mensajeros químicos, elementos que varían la probabilidad de que se produzcan ciertas reacciones fisiológicas.
El impacto de las diferencias
Sí, hay diferencias entre los cerebros de hombres y mujeres, ¿pero cuál es su impacto? Todo lo psicológico es biológico y es tentador pensar que las diferencias estructurales y químicas tienen influencia en nuestra cognición y comportamiento.
En el plano químico, por ejemplo, se apunta a que las hormonas cambian la probabilidad de que un comportamiento ocurra en una determinada situación (Nelson, 2011) y que éstas junto con los neurotransmisores orientan el comportamiento de hombres y mujeres en diferentes etapas evolutivas (Brizendine, 2006).
Entonces, ¿se podría afirmar que las mujeres son más tranquilas y los hombres mejores orientándose por la ciudad? Cuidado. A día de hoy, existen indicios pero pocas evidencias concluyentes de la medida en que las diferencias entre cerebro masculino y femenino influyen en el comportamiento y habilidades cognitivas.
La frontera de lo biológico
En la ecuación que explica la cognición y el comportamiento falta por despejar una importante incógnita: el ambiente.
El entorno influye en una doble dirección: por un lado, tiene un impacto en nuestras respuestas fisiológicas y por lo tanto en nuestro comportamiento; por otro lado, influye en nuestro comportamiento y consecuentemente en el rango de respuestas fisiológicas. Por ejemplo, si fuéramos soldados luchando en las calles de Aleppo, es normal que por la situación nuestros pupilas tiendan a dilatarse más y nuestra piel esté más preparada para transpirar, y por lo tanto, tendamos a estar más atentos y agresivos (respuesta fisiológica => comportamiento). Y como tendemos a estar en alerta y ser más agresivos, nuestro cuerpo está predispuesto físicamente a tener un punto de ebullición emocional más bajo en otras situaciones (comportamiento => respuesta fisiológica).
Es muy probable que hombres y mujeres hayan tendido a adoptar distintos comportamientos y desarrollar distintas habilidades por las condiciones del entorno social. Por esta razón, será necesario un estudio más completo de las diferencias entre sexos para saber dónde termina la huella biológica y empieza la ambiental.
La tarea no será tranquila por el amor de algunos medios a la ciencia espectáculo y, sobre todo, el ruido de sables que provoca hablar de diferencias entre sexos tras décadas de lucha por la igualdad. Lógico si se considera que la (pseudo)ciencia fue en el pasado una herramienta para justificar argumentos que negaban a la mujer el derecho al voto y la reducían a centavos en minas de diamantes. El caso del inventor de la vacuna contra el tifus, Almroth Wright, y su panfleto contra el sufragio femenino son un triste ejemplo.
Además no hay que olvidar que la diversidad en los cerebros dentro de mujeres u hombres es mayor que la distinciones que pueda haber entre sexos. Existen múltiples matices ambientales y biológicos que escapan a las meras diferencias entre hombre y mujer.
Neuromarketing y diferencias entre sexos
Como ciudadanos, mujeres y hombres somos iguales ante la ley y votamos cada 4 años. Como consumidores, votamos cada día con nuestras compras y somos bien diferentes en nuestros preferencias y decisiones. Y las marcas lo saben.
Por esta razón, la investigación de mercados se esfuerza en ayudar a las compañías a conocer o identificar sus target groups. Generalmente, el proceso ha derivado en la creación de estereotipos, simplificaciones de la realidad. No son del todo precisos, pero en lineas generales aciertan. Como decía Taleb, más vale estar en lo correcto a grosso modo que equivocarse con suma precisión.
Conocer la naturaleza y el alcance de las diferencias entre sexos no va a cambiar con los estereotipos en marketing. pues las campañas requieren trabajar con generalizaciones por puro sentido práctico. Pero sí que puede ayudar a entender las necesidades emocionales y racionales de sus consumidores, y construir estereotipos más verosímiles.
El neuromarketing, como disciplina aventajada en el acceso al mundo emocional de consumidor podría ayudar a lograr nuevos insights. Además, gracias a los avances en decodificación, hoy en día se pueden contextualizar las peculiaridades fisiológicas de cada sexo y su traducción real en arousal o valencia.
Con la neurociencia del consumidor un camino para conocer a mujeres y hombres consumidores está abierto.
Conclusión
Cada cerebro es diferente y el de hombres y mujeres no es una excepción. Existen diferencias a nivel químico y de conectividad importantes, con un probable impacto en cognición y comportamiento. No obstante, es un error afirmar que éstas se deban exclusivamente a peculiaridades intrínsecas de cada sexo, pues el ambiente-la sociedad- puede fomentar el desarrollo de ciertas conductas y habilidades en cada sexo. Hace falta investigar más para dilucidar este punto.
En lo que respecta al marketing, es muy probable que las investigaciones no acaben con el uso de estereotipos. Sin embargo, el estudio de las variables psicofisiológicas puede dar lugar a generar estereotipos más realistas y adaptables a los cambios. El neuromarketing, capaz a día de hoy de contextualizar las reacciones fisiológicas y traducirlas a métricas emocionales, se postula como una herramienta tremendamente útil para conocer las peculiaridades de cada sexo.
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